La
blanca espuma de los océanos respinga en pequeños tumbos que reflejan en los
cielos de matinal reboso, recorriendo jubilosos hasta desplazarse suavemente en
las playas alfombradas de caracoles que revolcados de cabeza se broncean sobre
las negras arenas, entre la paz y quietud del universo.
En
el marco de los confines de la orilla los cocoteros se saludan entre si cuando
las ráfagas de viento los invitan a sacudir a los pájaros que se mecen en sus
ramas, a sus pies juegan los cangrejos que se hacen un chibiricuarta, mientras
se esconden de los cazadores, que los obligan a introducirse en sus madrigueras
para sopesar el vendaval de los depredadores.
El
firmamento se ensancha cuando sobre los copetes de las grandes olas los
pelícanos vuelan de mucho señorío en su paseo matinal donde se estiran
valientes en formación militar buscando los bancos de pececillos que deambulan
en las aguas poco profundas. El espejo de las aguas les muestran las viandas de
sus alimentos predilectos.
En
el marco de la cálida playa las hermosas mujeres se ven engalanadas de
fantasías, de collares de pedrerías que impregnan el espíritu y estampan en el
alma, un sencillo momento de la vida que
pende de su garganta de celos de los habitantes que les admiran en escasos
puntos de su bronceado cuerpo de escultural figura. Esos ojos que reflejan el candor
e inspiran más allá de una inolvidable aventura, envidiables danzas, caricias
invernales que se torna cálidas. Pensamientos
que tras un rosario de versos matizan con música celestial produciendo el incesante
delirio que se convierten en pareja, en una pieza del alma adornada con la
picardía del amor.
Pétalos
que enorgullecen las caricias, cubriendo en su piel, escultural cuerpo moreno
de textura, con labios eternos pintados de escarlata que invitan a la seducción.
Cabellos negro azabache, que caen ominosos sobre los hombros, cuando reposan
desordenados en la hermosa curvatura que se ensaya junto a los senos,
discretamente cubiertos por un listón de plata...
Las
sirenas cantan en murmullos, cuando las ráfagas de celestiales vientos se
muestran en toda su desnudez, suspiros que se reflejan afinados, a partir de la
cola de pescado que de la cintura nace, luego cuando se lanzan en saltos de
trampolín acrobacias que acostumbran convertir en los juegos incomparable de la
natación desde las inmensidades y luego saltan en las alturas de los
acantilados representando a las reinas de las aguas introduciéndose en los
dominios de Poseidón, el dios del tridente que se aposta en el trono
estableciendo su reinado en los abismos del verde mar.
A
lo lejos se muestra el fantasmagórico faro fincado en la copa de los montes con
vista hacia la costa. Viejo edificio cuyo instrumento permanece encadenado entre
nubes y noches, con su luz incandescente que guía a los náufragos perdidos y
levanta a los marineros que se enamoran de las barcazas de altas velas. La
constelación de Orión, milagro de la
lectura de las estrellas, como un lienzo de los expertos, el mapa de direccionalidad
de los hábiles capitanes en la guía de sus naves con el apoyo de un sextante, se
convierten en socios de los vientos que les ensanchan las velas para
encaminarlas hasta los puertos de tierra firme.
La
calma que precede a la tormenta, signos de respeto que llevan los lobos de mar,
quienes misericordiosos aceptan el pecado que los arrastra por las ventiscas,
que mojan su orgullo para echarse en pos de un lugar para adelante arreando sus
mantas y banderas, para darle culto a la fuerza de los dioses de los vientos.
Enormes oleajes que se tragan a cuanto aventurero se osa oponerse a la
naturaleza, cuando los revoltosos huracanes remueven las mareas de la mano de
la luna.
La
tranquilidad se hace eterna mientras en el cenit se unen el azul del mar y del
firmamento se despereza en las mañanas el augusto sol para darle vida al espejo
brillante de las aguas, cuyo calor retoca cuanta vida silvestre se presenta en
la superficie y mas allá de las playas de rítmico embate. Castillos de arenas
formateados por manos infantiles en busca de una aventura de corsarios y carabelas, embestidos por pequeñas olas
espumantes que derriten las fortificaciones.
La
chiquillada se detiene un momento para observar a los cetáceos avistados a la
distancia, se asoman en grandes saltos en busca de las aguas cálidas para el
desove y el recreo de sus crías, lo traducen en un paseo familiar rumbo al
infinito de un viaje de retorno anual a reconocer sus dominios. Inmensos
mamíferos que circulan parsimoniosamente de rumbo norte, en un desfile de
carnaval, haciendo las delicias de los niños y pobladores de las tierras
tropicales.
Vuelven
las gaviotas al infinito, revoloteando en los charcos de agua salóbrega,
mientras se espantan los patos que vienen del ártico a broncearse en las
cálidas planicies de la cintura del mundo, las migraciones de aves que fincan
sus nidos en las altas lechugas verdes, detrás de los manglares antañones que
reposan en los canales, que vierten su preciado líquido en las barras del
salpicante mar de maravillas, en un encuentro de dulce y salinidad que adormece
a las especies que recurren presurosas a la consecución de su alimento que se
vierte en la entrada de las olas marinas cuando viajan en las tranquilas lagunas
que se reposan en las planicies formadas por el río.
He
retornado de la inmensidad, como infinitamente pequeño ser de la creación, he
impregnado la energía de este mar, me he cubierto con el manto de las olas y la
sanitaria lumbre de astro rey. Ante tanta grandeza, porqué no?, darle gracias
infinitas a Dios, como arquitecto de esta deslumbrante lección de vida. Qué
sería de mi?, que sería de nosotros y el universo sin él? Testigos presenciales
por generaciones de un milagro omnipotente.
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